Nuestra Identidad: El ancla antes del tiempo.
A veces me detengo a pensar en todo lo que define mi día a día. El ministerio , los años de estudio, los títulos, el éxito de un proyecto o incluso la opinión de quienes me rodean. Es fácil caer en la trampa de creer que soy «lo que hago» o «lo que tengo». Pero cuando abro la Biblia en Efesios, Pablo me sacude con una verdad que precede a mi existencia misma:
«Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él» (Efesios 1:4).
- Una elección que no depende de mis méritos.
Lo primero que me confronta es el cuándo. Dios no me eligió ayer porque tuve un buen desempeño ministerial, ni me eligió hoy porque logré un grado académico. Me eligió antes de la fundación del mundo.
Esto significa que mi identidad no es un trofeo que yo gané; es un regalo que ya estaba envuelto antes de que las estrellas fueran creadas. Si mi valor dependiera de mis logros, viviría en una montaña rusa emocional: hoy arriba por un éxito, mañana en el suelo por un error. Pero mi identidad está anclada en la eternidad, no en mi productividad.
- Ni riqueza, ni ministerio: Solo Cristo.
He aprendido que el ministerio es un llamado, no una identidad. La riqueza es un recurso, no un valor. Los estudios son una herramienta, no una esencia.
Si pierdo el ministerio, sigo siendo su hijo.
Si pierdo mis bienes, sigo siendo escogido.
Si mi intelecto falla, sigo siendo amado.
Como bien dice Colosenses 3:3: «Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios». Mi verdadera esencia no está a la vista de los hombres ni en las cuentas bancarias; está resguardada en la seguridad del Padre.
- La base para construir sin vacilaciones.
Entender que soy «santo y sin mancha» delante de Él (no por mi perfección, sino por la justicia de Cristo) me da una libertad increíble. Ya no camino para «llegar a ser alguien», sino que camino porque ya soy alguien.
Esta es la base sólida. Si mi fundamento es Cristo, las tormentas de la crítica, el agotamiento o la escasez pueden golpear la casa, pero no podrán derribarla. Como dice Jeremías 1:5: «Antes que te formase en el vientre te conocí…». Esa mirada de Dios sobre nosotros es la única que realmente importa.
Mi identidad no es algo que yo construyo; es algo en lo que yo descanso. Soy escogido, soy amado y soy suyo. Todo lo demás es secundario.
